De epifanías: Hard to Be a God (Aleksei German) llega a España

por Gabriel Doménech González


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Por epifanía la RAE entiende (entendemos nosotros, pues) “manifestación, aparición”. Y es precisamente eso, una aparición breve pero intensa, además de milagrosa, lo que algunas distribuidoras corajudas han decidido regalarnos a unos pocos espectadores trastornados. Porque parecía un milagro que la obra póstuma de Aleksei German, «Trydno byt bogom/Hard to Be a God», aquí «Qué difícil es ser un dios» (2013), llegase a nuestras carteleras. Por supuesto, apenas durará una semana en unos cines de Barcelona y en Madrid se verá en un único pase el 15 de abril; de ahí lo de breve (seguidamente explicamos lo de intensa).

Hablar de «Qué difícil es ser un dios» es hablar de milagros no sólo por los azares de su distribución, sino porque su misma producción pareció subsistir a base de aquéllos. Rodada a lo largo de seis años por un director que, en medio siglo de carrera alcanzó a completar media docena de largometrajes, su periodo de posproducción se alargó otros siete años, durante los cuales falleció el propio German, dejando en manos de su esposa, guionista, y de su hijo, también cineasta, los pespuntes finales de su criatura. Hay más. La película, una epopeya de ciencia-ficción basada en una novela de los hermanos Strugatsky (sí, los de «Stalker»), se ambienta en una suerte de Medievo de un planeta lejano, muy lejano, retratado mediante extenuantes planos-secuencia en saturado blanco y negro. Escribimos extenuantes porque el nivel de momentos bizarros y repulsivos (todos los flujos corporales se dan puntualmente cita en las imágenes) sólo logra parangón con la (fascinante) abstrusidad narrativa.

Como acertadamente han señalado los exégetas que han tenido a (muy) bien reseñar la aparición de tal objeto cinematográfico no identificado, esta película se parece a muy pocas cosas. Están, sí, El Bosco y Brueghel el Viejo en la reserva iconográfica de unas imágenes que se deleitan en retratar con inopinado supra-realismo y sentido aglomerativo una era de fango, humedad, caos y violencia. Está ese humor negro “fecal” y ese pesimismo tan caros a nuestros barrocos, empezando por Quevedo. Se ha escrito que el filme es “como un mensaje venido de otro tiempo”, y posiblemente sea aquí donde podamos encontrarle otras filiaciones. Efectivamente, «Qué difícil es ser un dios» pertenece a ese subgénero, tan difícil de hallar hoy en día, de películas que convierten su propia materialización en una odisea. El rodaje como aventura, pero también su resultado como excepcionalidad. Ahí es donde se sitúan las “grandes películas malditas”, caso de «Campanadas a medianoche» (1965) de Welles o «En el globo plateado (1978-1988) de Andrzej Zulawski. Es sobre todo con esta última con la que la criatura germaniana comparte presupuestos y formas: una saga de ciencia-ficción “a la eslava” plagada de obstáculos en su producción, a lo que se suma una apuesta estética que hace de la desmesura, de la expresión desaforada (nada que ver con los cánones de grandilocuencia hollywoodenses) su carta de naturaleza.

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La búsqueda a todo coste de la sensorialidad (estamos dentro de la película) a través del forzamiento del paroxismo en la puesta en escena encuentra dos maestros de ceremonias de excepción en el polaco Zulawski y en el ruso German. La diferencia es que mientras la sensorialidad en Zulawski parece encaminada a buscar algún tipo de trascendencia (la metafísica con sangre entra, digámoslo así), German se nos revela como un materialista pleno; la materia es, en este caso, barro, vísceras, mierda, goterones, y de ahí no se extraen conclusiones: German, en lo que semeja un manifiesto nihilista de primer orden, se refocila en lo más viscoso de la experiencia humana y sin mediar invitación sumerge al respetable en su apuesta.

Cierro la parrafada no sin antes dedicarle unos balbuceos a Aleksei German. Si es verdad que las manifestaciones más enriquecedoras de una cultura (nacional) se encuentran en sus márgenes, el caso de German es paradigmático. Cineasta capaz de alumbrar seis piezas maestras pero pasando primero por la férula censora soviética y después por la exigencia del libre mercado ruso, que por unas razones u otras no digirieron sus proyectos, su trayectoria le sitúa, sin exagerar, a la altura de paisanos como Eisenstein, Kalatozov o Tarkovsky. La muy espaciada filmografía germaniana propone una ácida visión de la historia soviética y un no menos potente análisis de la condición humana a través de una estética que viró desde un realismo lacónico y aparentemente desmañado hacia, en sus dos últimas películas, un barroquismo “sucio” y de contornos grotescos. Lo han apuntado ya con sagacidad críticos autóctonos y foráneos, pero lo reiteraré: con su éste y su anterior filme, German emprendió una senda que le ha llevado a alcanzar lo que podría considerarse la cima de un llamado “cine del exceso”, que abarcaría toda una serie de poéticas desde el mencionado SME, pasando por Fellini y aterrizando en Zulawski o Verhoeven, entre otros. Una corriente aún por mapear (si el Hado dispone, un cráneo privilegiado y servidor se encargarán de ello), con antecedentes en ideas sobre espectáculo y representación como las de Alfred Jarry y Antonin Artaud, en la que el énfasis en contenidos y formas desmesuradas lleva a difuminar los mecanismos meramente narrativos del filme, favoreciendo imágenes autónomas en la fascinación (o repulsión) que provocan.

Es por esa fascinación por lo que este asteroide cinematográfico escapa a cualquier aproximación mesurada y mensurable. Su excepcionalidad y monstruosidad es, seguramente, lo que más miedo dé a las distribuidoras mayoritarias, y es por eso que los interesados sólo dispondrán del tiempo que dure una epifanía para degustar esta épica experiencia fílmica. Particular, extraña y desconcertante experiencia, como asistir a un solo jazzístico de saxofón en medio de una destartalada corte medieval.

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El hombre bien abrigado del centro es Aleksei German

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