El último que apague la luz. ‘Che strano chiamarsi Federico’ de Ettore Scola

por Gabriel Doménech González


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Hace ahora una semana se estrenaba «Che strano chiamarsi Federico» (2013) de Ettore Scola. El título, es sabido, viene de un verso de Lorca, pero el Federico que se trata aquí es el del cine, el de cine. Fellini, claro. Dejando aparte los obvios aleluyas por tal aterrizaje, unas pocas palabras.

Scola habla aquí sobre su amigo más que sobre el cineasta que conocemos –que decimos conocer. Como en otras ocasiones, lo hace desde la elegía. Scola siempre fue un narrador de finales, de cosas que se acaban, para bien o para mal. En esta ocasión parece dar las últimas puntadas a un discurso que, a partir de «C’eravamo tanto amati» (1974) y, especialmente, «La terraza» (1980), ejercía de colofón de toda una manera de entender el mundo, o más bien Italia, y de la que Fellini era su más celebrado representante. Si en «Splendor» (1989), o «Cinema Paradiso» en bueno, se levantaba el acta de defunción de una forma de ver, de ir al cine, en esta ocasión le toca el turno a una manera de hacer las películas.

Fellini preside el homenaje, pero es sólo el faro con el que Scola alumbra a toda una generación de intelectuales y artistas que supieron pintar Italia en toda su gracia y dramatismo, con frecuencia entremezclados. Tanto el de Rimini como su testigo romano provenían de la cantera del periodismo satírico: la revista Marc’Aurelio, algo así como La Codorniz  transalpina, alojó las caricaturas de ambos, además de las de Mario Camerini, Ruggero Maccari, Age y Scarpelli, Steno, tantos otros. De ahí no sólo la visión agridulce de su época y su insistencia en no despegarse de ella, sino el sentimiento de comunidad que se desprende de sus películas.

Con el mejor cine italiano, el de los popes autorales pero también el de la commedia all’italiana o el de los artesanos menos consagrados, surge la sensación de estar contemplando un arte que nace del sentir común de un vasto grupo, no compuesto únicamente por los que dirigen y escriben las películas; también por los que las actúan, las iluminan, les ponen música, incluso por los que las reseñan y critican. Inútil hablar aquí de todos. Baste decir que Scola, como acertadamente refleja su última obra, era el más joven, y por tanto de los pocos que quedan vivos. Los que critican su filmografía por su tendencia a la melancolía, a cierta ñoñez o a insertarse, ante la irrupción de nuevas realidades, en esa corriente que su paisano Eco llamaría apocalíptica, no deben olvidar, por tanto, que a Scola (un competente director que en varias ocasiones consiguió estar a la altura del superdotado guionista que siempre ha sido) le tocó representar el ingrato papel del último de su generación. Ya lo es, en realidad.

«Che strano chiamarsi Federico», más allá de la elegía felliniana, sea quizá el último saludo de un cineasta al que el tiempo y las circunstancias le han cargado a las espaldas todo el peso de una tradición fílmica y humana, aquella simbolizada por las reuniones en la redacción de Marc’Aurelio, las conversaciones en cafés y tavole calde presididas por Fellini o Ennio Flaiano o los rodajes en Cinecittà. La cámara de Scola recorre estos lugares, especialmente el último, mausoleo de un cine y su época, con, claro, nostalgia. Nostalgia del que no sólo pierde a sus referentes culturales, sino a sus amigos, sus seres queridos. Lo bueno del maestro Scola no reside en el hecho de que, con sus filmes, nos hable de sí mismo a través de los demás, sino de cómo logra convertirse en portavoz de los demás, que hablan a través de él. Viendo su cine, cine de despedidas y finales, aún se puede recuperar ese espíritu de troupe reinante la época dorada de la cinematografía italiana. Nada mejor que ir a ver esta miniatura imperfecta y hermosa para entrar en contacto con él y decirle adiós. Y a otra cosa.

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