«Trois souvenirs de ma jeunesse» (Arnaud Desplechin): Las edades del hombre

por Carlos Abascal Peiró


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Outsiders.

En un pasaje de «Trois souvenirs de ma jeunesse» el joven Paul Dedalus se esfuerza por componer una carta de amor, pierde el ritmo y acaba plagiando a Stevenson sin saberlo. Lo literario en el cine de Desplechin es eso, un gesto reflejo y a veces una emergencia. Jim Hawkins y Julien Sorel, la primera página, todo a la vez. «Me basta con rodar novelas fallidas», reconoció como a contrapié el francés en una entrevista reciente. Al autor de «Rois et Reine» o «La Sentinelle» —el verbo denso, sosegado— le gusta repetir que hubiese sido maestro de no dedicarse al cine. Luego reverencia a Truffaut y a Cavell, dos pistas que acaso aluden a lo mismo: ir a las películas para saber más, transmitir, revelar. Ser mejores.

Hay muchos motivos, casi tantos como lecturas, tras la obra superlativa de un cineasta al que Resnais (¡Resnais!) llegó a atribuir un modo nuevo de mirar. Su último trabajo, seguramente el más convencional, es una película emocionante y emocionada sobre una historia de tantas veces, un relato de iniciación que examina la mítica de París como geografía de madurez bajo el torrente tintado —el amor según Desplechin siempre es impreso, manuscrito— de una pasión adolescente. Hasta ahí lo sabido. Pero reducir sus películas a un esquema de repetición sería una torpeza. AD rueda un cine epidérmico, salvajemente inteligente, colgado del larguísimo cordel que vincula la humanidad narrada de Balzac con «Superbad» (Greg Mottola, 2007). Un relato de relatos.

En aras de la didáctica, las marquesinas informan de una precuela de aquel borrascoso doctorando, Paul Dedalus, que una vez conocimos en la maravillosa «Comment je me suis disputé… (Ma vie sexuelle)» (1996) pero que aquí, algunos años antes y después de cruzar el umbral de la Sorbona, abandona su Roubaix natal para ocupar una buhardilla con vistas al Sena y estantería supletoria. Aquel era el coloso Mathieu Amalric en su primer rol de solidez —«yo lo inventé como actor», sonríe Desplechin— y aquella película fue inagotable; y a veces conviene no escribir de lo que uno ama. En «Trois souvenirs de ma jeunesse» un Amalric/Dedalus ya maduro, extraditado en el papel de un brillante antropólogo, regresa a casa para refrescar esas dos o tres cosas que supo de sí mismo y sobre todo de ella, Esther. Es un je me souviens sin equilibrios —no hacen falta— y por tanto un acto de memoria distribuido en tres pasajes de desigual duración que confluyen en el primer amor de Paul (Quentin Dolmaire) y Esther (Lou Roy Le Collinet), avatares de juventud de lo que en los noventa fueron Emmanuel Devos y el propio Amalric. Atrás, la infancia huérfana en Roubaix, capital de una Francia amputada donde hoy siembran los Le Pen, y delante un porvenir luminoso, descreído y siempre escrito y luego leído. Brazos que se agitan en un andén.

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Lou Roy Le Collinet – Ha nacido una estrella y todas se llaman Esther

El primer capítulo es un vistazo rápido a la niñez de Dedalus, su ligazón traumática con la figura materna y, ya sucedía en la algo relegada «Esther Kahn» (Desplechin es como Balzac o el espacio Schengen, un pasillo de nombres y relatos), otro elogio del iris que redescubrió Truffaut. Así arranca el segundo episodio, una novelita de aventuras en la enfriada Bielorrusia de los setenta que conjuga las neblinas de Le Carré con la inquietud continental que ya esbozaba «La Sentinelle» y donde, en el curso de un viaje escolar, el imberbe Paul Dedalus cede su pasaporte (y la senda de una nueva diáspora) a un chaval judío. De nuevo la fascinación de AD por la distinción y la narrativa hebrea en otra concesión a una problemática que articula el tumultuoso organismo de su obra: la conquista del yo, de sí mismo o —dicen los militantes de todas las cosas— la identidad.

Luego llega la fascinante dicción de Dolmaire, el joven Dedalus, y su encuentro con Esther, tan bien dialogado que uno siente que debe cerrar los ojos. Desplechin escribe réplicas que liquidan el naturalismo televisivo y podan el fango verbal para acudir sin rodeos a la poesía o el ingenio. Algo similar sucede con la voz del propio cineasta, que anota en off los actos de sus personajes tras el rastro narrativo de cierta Nouvelle Vague. Exhibicionista o no, tan lúdico, AD desentierra las split screen de la teen movie, actualiza la mirada a cámara y, bajo el estudiado fondo musical, rinde tributo al Coppola de «Outsiders». Imperfecta e inabarcable, agujereada a tramos, «Trois souvenirs de ma jeunesse» es entonces una película bellísima, una declaración de amor a un mundo analógico. El oficio de vivir aún es un libro abierto y, qué suerte la nuestra, siempre por terminar.

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El tiempo o el viento

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