La vida y el cine según los Larrieu

por Carlos Abascal Peiró


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Leer después de leer – «L’amour est un crime parfait» (2013)

La obra de los Larrieu cultiva algo de hispanidad. Al margen de la sentida oda al mediterráneo, de su gusto por la vertiente cálida de los Pirineos o del acento ibérico del gran Sergi López, el combo de hermanos firma un cine entregado a lo sensorial, a verdades robustas de la espesura de un gazpacho (ese mcguffin en la irresistible «Un homme, un vrai»). Un hedonismo sano —si acaso existe lo contrario— que suele embocar una celebración de la vida en todas sus formas: la lectura, la vacación, el arte de la sobremesa, la campagne, el jazz, la huida, el sexo o los postres. Y pese a lo que podríamos suponer en primer término, una mirada menos conectada a la idiosincrasia burguesa que al elogio de una humanidad desaforada, ajena a las dictaduras de clase e irremediablemente seducida por lo fortuito. Con los Larrieu vence así el exceso o, es decir, el deseo. De ahí la luz que baña a sus personajes y, con frecuencia, abre paso a una España de agostos, a cierto Bigas Luna, a la muy natural complicidad que ambos hermanos mantienen con otro gigante del arte de vivir y sobre todo desvivirse, Alain Guiraudie.

Afanosamente carnal, la cámara de ambos autores incorpora entonces un sentido lúdico que retoma la senda del último Resnais; y la colaboración con Sabine Azéma, esposa de éste último, quizá no sea del todo casual. De ahí un rechazo casi lírico del naturalismo que, bien ahogado por medio del musical o del fantástico («Les derniers jours du monde»), libera a sus relatos del trabajado dogma de un muy resabiado cine francés de lluvia y domingo. En este sentido y en muchos otros, Arnaud y Jean-Marie Larrieu asumen un papel periférico en la geografía estelar de la pantalla gala: ajenos al plató metropolitano de un París exhausto, dueños de un pulso agreste, imprevisible. Son ellos mismos quienes, mediante un desternillante cameo en «Un homme, un vrai», se imponen el rol de los fugaces (y silentes) hermanos Ramos, dos montañeros que surcan al trote los riscos pirenaicos, al fin y al cabo paisaje natal de ambos cineastas. Y es ese rol, exterior a todas las cosas, el que permite su elogio de los swingers en la sensual «Peindre ou faire l’amour», el tratamiento apocalíptico de las vacaciones en «Les dernier jours du monde», o el chabroliano estudio del sexo como redención en «L’amour est un crime parfait». El nobilísimo arte de estar en el mundo, o Mathieu Amalric encargando tortillas, omeletas, en un chiringuito transexual de la Ibiza furtiva.

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«Un homme, un vrai»

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Pintar, hacer el amor y desayunar – «Peindre ou faire l’amour» (2005)

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«L’amour est un crime parfait»

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