En torno a «Much Love» y las derrotas críticas

por Carlos Abascal Peiró


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«Much Love» (Nabil Ayouch, 2014)

En medio de una ovación casi consensual, Francia celebra estos días «Much Love», séptimo largo del marroquí Nabil Ayouch, corajudo retrato de una banda de prostitutas en el Marrakesch actual y última piñata de la crítica oficial y el buenismo militante. Como es habitual cuando el asunto atañe a cinematografías emergentes, y al igual que en su momento sucedió con la deficiente «Taxi» de Jafar Panahi, los textos que genera la película, bendecida por la muy cannoise Quizaine de Réalisateurs, apuntan menos a sus virtudes como relato que a las inevitables y tan heroicas costuras de la confección. Es decir, leemos y debatimos en torno a la audacia que, en este caso, comporta filmar putas en un país anegado por la corrupción y la hipocresía, a los desafíos de una producción permanentemente socavada o a los riesgos y censuras que ennegrecen —Marruecos ha torpedeado la distribución— el porvenir comercial de la cinta. Hasta ahí las certezas, las buenas noticias; el resto (ay) atañe únicamente al cine y, por tanto, a la política.

Aunque esté lejos de serlo, «Much Love» cultiva aires de ópera prima, aspira a ubicarse en la viscosa fisicidad de un Kechiche o un Pialat —la producción es parcialmente francesa con lo que ello conlleva— y acaba resultando una peli tan mediocre como, seamos justos, valiente. Atorada por los muchos clichés de la girls movie, a menudo intoxicada por un voyeurismo de videoclip, la cámara de Ayouch apuesta por atrapar un pedazo de vida de sus personajes para esquivar o renunciar a los trámites de un recorrido dramático al uso. Son síntomas de cierto cine periférico: uno, la ausencia de historias —la anemia literaria— en favor de una muy cacareada reivindicación de realidad; y dos, una pesada y autocomplaciente envoltura estética. «Much Love» es entonces un cine mal o apenas escrito, contaminado en exceso por sus referentes inmediatos y cuyos tropiezos entorpecen el despliegue de su propuesta crítica. Con todo, y tal vez pese a sí mismo, Ayouch logra trazar un interesante estado-de-las-cosas del país alauí mediante un relato atento a la circulación del poder en una sociedad convaleciente que pugna por ser civil: no en vano «Much Love» sobrevuela la cruda monetarización del turismo sexual, la pedofilia cómplice, las hipocresías del pretexto religioso o la endémica corruptela institucional.

Entretanto y de nuevo, la crítica oficial elogia «esos poderosos retratos femeninos», un argumento válido, algo desolador, que confina la carga política del filme a una de sus muchas aristas. El regate, más que corriente, escenifica la absoluta derrota de una izquierda que, en los textos y los contextos, aparece devorada por el folclore electoral de sus periferias, ajenas a los combates (más invisibles, más sofisticados) que continúan enfrentando a dominados y dominadores. En última instancia, el filme de Ayouch no es tanto un canto feminista —sólo el feminismo puede salvarnos de este tipo de atajos de laboratorio— como una furiosa (y transversal) oda a los oprimidos que arranca allí donde lo hicieron todas las cosas: la infinita dignidad de una mujer.

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