Las muchas luces de Patricio Guzmán

por Carlos Abascal Peiró


1375969

«Nostalgia de la luz» (Patricio Guzmán)

Mientras los astrónomos escarban la geometría celeste encaramados a un yermo, cinco mujeres llaman a sus muertos bajo las escamas de la tierra. La obra de Patricio Guzmán encuentra una insólita correspondencia en los llanos del desierto de Atacama, estación clave de la astronomía internacional y nido de algunos de los más potentes telescopios del planeta. A medida que la espléndida «Nostalgia de la luz» (2010) —mejor documental europeo de su curso— desvela y consolida su apuesta narrativa, la óptica de las poderosísimas lentes se desplaza hasta invertirse por completo. Del firmamento a la descolorida epidermis del desierto: los muchos sedimentos de una Historia que ánima el paso tras el trazo rupestre de buhoneros precolombinos, que toma velocidad al calor de la minería industrial del XIX para detenerse, incrédula, ante las fosas humanas que alimentaron la dictadura de Pinochet. A su modo, Atacama encierra la memoria de Chile.

Dueño de un epígrafe particular en la historiografía del documental, el cineasta chileno ha consagrado su carrera a honrar la memoria de los olvidados, la suya propia. Su cámara asume así el rol de telescopio, si bien sustituye los cuerpos celestes por otros menos lunares, más vulnerables y finalmente invisibles. De ahí esas mujeres solas, muy solas, resueltas a proseguir su búsqueda armadas de una fotografía: aquel novio, la hermana, un padre. Filmar el desierto es enfrentarse al pasado de una nación herida, un trámite farragoso para algunos, otro obstáculo al encendido elogio del Ahora que factura el recetario neoliberal. Porque, al margen de su formulación verbal, el presente no existe, la luz siempre incorpora un retraso, por mínimo que sea: consumimos invariablemente pasado. Y bajo las grietas de Atacama, cadáveres, huesos, nada. Calcio. El mismo que cohesiona la polvareda estelar de las galaxias, apenas un fideo de pixels en los alambicados mapas científicos. Los telescopios contra los muertos, la esquizofrenia de un país o esa envejecida, tan digna pareja de represaliados que presenta Guzmán: él, dueño de una memoria prodigiosa; ella, vaciada de todo recuerdo por el alzheimer.

nostalgia_06

Space Oddity

Como a los peloteros precoces, a Guzmán le vino a buscar Chris Marker a Santiago de Chile en 1972. Esquivo por vocación e impostura, Marker llamó a su puerta y le compró los derechos de «El primer año», su largo de début y una crónica del periodo inaugural del gobierno Allende. Luego regresó a París, estrenó la cinta y, a su manera, fundó la carrera del amigo chileno. Apenas un año más tarde, la memorizada secuencia narrativa de la doctrina Monroe: golpe de estado, dictadura militar, represión y diáspora. La de Guzmán, que logró esquivar la purga, le condujo a La Habana (allí concluyó el montaje de la fundamental «La batalla de Chile») y después a París, donde prolongó su singular filmografía bajo el paraguas —una veces financiero, otras solo simbólico— de la producción gala. «Francia aún es la capital del cine documental», dijo ayer delante del que aquí escribe. Antes, mucho antes, se había graduado en la madrileña Escuela Oficial de Cinematografía durante los años dorados de la institución, en los tardíos sesenta. Allí se convirtió al cine y se topó con la venerable, «viejísima» autoridad de las calles europeas. De su amor por Madrid brotó una maravillosa rareza, sepultada en el flujo televisivo, inexplicablemente mal vista. Fue un encargo del canal Arte para la serie «Voyages, voyages» donde un Guzmán flaneur, algo filmeurse afanaba por capturar la ruidosa pasión de una ciudad o, de otra manera, la luz de sus mañanas.

 

Anuncios