«Mia Madre» (Nanni Moretti): Mañana es un misterio

por Carlos Abascal Peiró


Shots from "Mia Madre"

«Mia Madre»

Con cada película, Nanni Moretti consolida una certeza de todos: hacerse mayor no garantiza más respuestas a las preguntas de siempre; y al revés, confirma nuestra incomprensión congénita de las mismas cosas. Envejecemos para saber, justamente, lo poco que sabemos. Más que consciente de este desamparo —narrativo, por cierto—, la obra del italiano propone un cierto abrigo, la idea de los otros, de juntarse para compartir misterios sin final conocido, ausencias. Hablar, hablar mucho, consigo mismo y con el resto y tras esa intimidad a la que induce la confidencia. Es el «ya no comprendo nada» que, de tiempo en tiempo, formulan los avatares de Moretti y el propio Moretti, como espoleados por aquello que dijo una vez  Sciascia sobre —casualidad— ser periodista: «La seguridad y la claridad con que conseguimos hablar de las cosas que apenas conocemos; y la incertidumbre y la oscuridad con que lo hacemos, por el contrario, de las que conocemos perfectamente». Otra forma, digamos, de decir lo mismo.

Y las cosas fueron y siguen siendo el colectivo, la militancia, la paternidad, el impulso religioso. La muerte. «Mia Madre» funciona así como una desembocadura lógica del método Moretti y su particular exploración de un Yo asaltado, de un Nosotros convulso, entrañable y muy pero que muy justo. Aquí su cámara opta por la transparencia narrativa de sus trabajos más recientes para diluir, esta vez sí, su particular y querido diario íntimo en la bellísima Margherita Buy, una cineasta mediocre enfrascada en el trastabillado rodaje de su último largo, crónica del cierre de una fábrica, mientras su madre (Guilia Lazzarini), maestra retirada y referente de la comunidad, agoniza en un hospital escoltada por ese hijo solícito que interpreta el propio Moretti. «Mia Madre» son al fin y cabo tres películas, una primera, grado cero, de Moretti; otra que, mal que bien, comanda Margherita pese a su actor principal (John Turturro), una estrella en declive sumida en una amnesia galopante;  y esa última que el autor de «Aprile» (1998) o «Palombella rossa» (1989), de relato en relato, nunca ha dejado de rodar desde al menos cuatro décadas, la que vehiculan los tics de un rostro que conocemos de memoria: la barba hoy cana, el vestuario sobrio y algo profesoral, la voz ácida, la lucidez permanente en la mirada.

De nuevo la autoficción como terapia —tibia o inexistente en «La habitación del hijo» (2001) y «Habemus Papam» (2011)— o la voluntad de explicar y explicarse de un Moretti cuya madre enfermó durante el rodaje de esta segunda para fallecer al poco, mientras el filme tomaba forma en la sala de montaje. Remedo del propio autor, de sus temores e intuiciones, Margherita trata de sobreponerse a los debates de la representación en un escenario político gangrenado, el para-qué-filmar-(obreros) en la Italia y la Europa de los naufragios; mientras lidia con la enfermedad de su madre y la modélica actitud de su hermano, que abandona su empleo para esperar junto a una cama de hospital. Llegamos así a la especialidad de Moretti, maridar la desafección y el compromiso, lo íntimo y lo público, entendido éste como espacio de reivindicación y resistencia y tránsito, real y figurado, a pie y a lomos, claro, de una vespino. La madre, la de Margherita y la de Moretti y la de todos nosotros, se despide lentamente de un mundo en fuga, en duelo por muchos motivos y donde las fábricas cierran sin remedio, el latín se confina a los atriles y el cine —recuerda entre alaridos el histriónico Turturro— pugna en vano por «regresar a la realidad». Quizá en esto se equivoque. A imagen del último Miguel Gomes, «Mia Madre» apuesta por despegar las imágenes de lo real, o al menos por tomar la distancia suficiente como para subrayar sus lagunas y contradicciones, celebrar sus contratiempos y refugiarse a salvo, pongamos en una sala de cine, para  —ese plano final— escudriñar los misterios del mañana. 

miamadre

La habitación de la madre

 

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