«The Abominable Bride»: La fiesta de Holmes

por Carlos Abascal Peiró


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Etiqueta victoriana: Benedict Cumbertbach y Martin Freeman

De todos los regresos que precipita o sencillamente impone el operativo navideño, «Sherlock». Y ya lo avisó este diario en un fogoso arranque de memorabilia juvenil: la relectura del clásico de Conan Doyle que firman los venerables Moffat y Gattis para la BBC es un jamelgo ganador en la atiborrada arena del hipódromo televisivo. Así que «The Abominable Bride», esperada entrega navideña de la serie británica y nevada cumbre del diálogo, se emitió el pasado primero de enero, jornada agónica y universal grosería de calendario, y acabó resultando más de lo mismo: un acontecimiento. Lo avisó Lucy Mangan en The Guardian —«2016 television is downhill from here on»— y es difícil resistirse a palmearle la espalda: la ficción televisiva del curso tendrá que tomar aire, darse codazos bajo la frondosa sombra que proyectan Holmes y Watson (CumbertbachFreeman). ¿Que por qué? Bien, bueno, permítanos echar mano de la lista.

Uno. La encantadora christmas edition de la serie más seria que ha conocido el mito funciona como un gigantesco guiño a los buenos lectores, empezando por su trama (brote imaginativo a partir de una breve alusión de Watson en «El ritual de los Musgrave», 1893) y acabando por un —si bien mental— traslado del Támesis digital de las primeras tres temporadas a ese sombrío London victoriano que abrigó los relatos de Sir Arthur. Volver a casa.

Dos. El engrasado duelo retórico que Holmes y Watson mantienen entre sí y, con el permiso del bueno de Lestrade (embajador benéfico de la paciencia), frente a su periódico reto criminal, aquí una justiciera novia revenant que hubiera dinamitado las fantasías de una versión lúbrica y cervecil de, no sé, Wilkie Collins. Por cierto: catecismo holmesiano: envoltura sobrenatural para una resolución demoledoramente terrenal. Qué viva Hume, caray.

The Abominable Bride

El literario oficio de cochero victoriano.

Tres. El finísimo juego especular (hay meta de sobra para copar un manual universitario de narratología), el bien trabado aunque quizá un punto adivinable —¡Pero si estaba todo en su cabeza!— recurso a la alucinación narcoléptica de un yonqui, las idas y venidas entre las múltiples esferas narrativas: los lectores talibanes, la ultrajada señora Hudson reclamando a Watson más protagonismo en su regular folletín para «The Strand» y —«haga el favor de ponerse la condenada gorra de cazador: es usted Sherlock Holmes»— la simpática y no siempre cómoda autoconsciencia que acarrea la fama. Ser leído. Ya lo dice Watson: «I’m a storyteller, I know when I’m in one». (Story, se entiende).

Cuatro. Esa hábil redención feminista de la saga o, démosle una vuelta, la confirmación definitiva de que Holmes y Watson y Mycroft y Moriarty siempre han tendido la mano a un afeminamiento latente y no tan latente, retórico y no tan retórico, de los muslos de Irene Adler a los chascarrillos queer que amplificó Wilder en su maravilloso homenaje a la mística holmesiana. «The Abominable Bride» delega en la tenaz Mary Watson, musa sufragista y señora del doctor —si acaso John dejó alguna vez de ser el señor de Mary—, para predicar Paridad en las filas del crimen e investir a un travestido Moriarty en icono gay del disputado santoral de némesis literarios.

Cinco. La armadura gótica de una entrega que, antes de retomar la actualidad en una cuarta temporada ya oficial, repasa el completo catálogo de highlights que ofrece el género: pipas neblinosas y nieblas humeantes, casas encantadas y a menudo desoladas, gárgolas funambulistas, sayos de camuflaje, cocheros con ademán canallesco. Alumbren ese cirio.

Seis. Hay que admirar al adiposo Mycroft victoriano que propone Gatiss, quien, sabemos, encarna desde el principio al hermanísimo: invariable burócrata de salón, cerebro estelar y desdeñoso estadista de levita, Mycroft Holmes. Que en fin, digámoslo, siempre fue el gran embajador de esa fórmula que gana elecciones en España: la inacción es poder.

Y siete. Todo este ruido para regresar ahora y siempre a las novelas, al querible santuario de un orejudo sillón desde donde reasfaltar ese sendero tantas veces cubierto y por cubrir. Lo dijo, ay, el malicioso Nabokov: Sherlock Holmes no es otra cosa que un «poema épico». Llevaba razón.

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Fuga de cerebros.

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