«La academia de las musas» (José Luis Guerín): El amor es una estantería

por Carlos Abascal Peiró


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Musa tras un ventanal

En uno de los nutritivos debates conyugales que puntúan la trama de «La academia de las musas» (2015), el profesor Raffaele Pinto desliza una frase importante: «El amor es compartir una estantería». El aforismo, tan lacónico como asintamos seductor, admitiría una versión aún más esquemática, por ejemplo: el amor es una estantería. La idea sacude la gran última película de ese artesano orgulloso que es José Luis Guerín. Tras el rastro de otros héroes del oficio, el barcelonés sólo filma últimas películas con todo lo que ello comporta: un cine fabricado como si fuera el último y cuyas imágenes transpiran esa urgencia de lo arrancado a la vida, ajeno a los impedimentos y, a su manera, encontrado. Porque a Guerín le gusta avisar que a él las películas lo encuentran y no al contrario, que el catedrático Pinto tuvo a bien tolerar la presencia de la cámara en uno de sus seminarios, que nadie, incluido el cineasta, sabía adónde se dirigían las certezas y (sobre todo) las zonas de sombra de esta fascinante exploración de la muy literaria figura de la musa. Pinto, otra vez: «Yo reparto dudas, estoy aquí para sembrar dudas».

Nadie sabe nada, no a ciencia cierta, y aquí no hay ciencia sino literatura. Dotado de esa rara capacidad de seducción que apareja el talento -«enseñar es seducir», recuerda con retranca-, este maestro víctima de su dudosa metodología orbita un relato que Guerín levanta a partir de mimbres demoledoramente reales. La desembocadura del proceso, subraya con rabia el director, es una obra de ficción esforzadamente novelesca, pautada en capítulos y entendida como una declaración de amor a un cine de la palabra (y entonces el pensamiento) que aquí halla una fantástica, mágica correspondencia en el carácter improvisado y sin embargo tan compuesto de sus diálogos. Como todo proyecto pedagógico, la película ofrece un sustrato teórico para a continuación, sutilmente, pasar de la facultad de Barcelona a la praxis, a evaluar el bucolismo pastoril en una Cerdeña asaltada por la modernidad, o transportarse al Averno hoy turistizado de la Gruta de la Sibila y examinar la aritmética amorosa de Dante al calor de una entregada cohorte de alumnas y amantes y, claro, musas. Entretanto, el adúltero Pinto, que subyuga en las aulas y pierde pie frente al descreimiento de su mujer (inolvidable personaje), repite sin cesar que el amor lo inventaron los poetas. Entre otras cosas.

Se trata seguramente de evaluar la vigencia del arte y en particular de la literatura para transformar, recrear la vida. El trayecto que une las ideas a las cosas, lo etéreo de la musa a tal mujer, tal hombre. Con la sencillez que exige una ambición de lo más sólido, «La academia de las musas» avanza hacia sus metas cintureando en forma de diálogo otra forma de erotismo, y ya van unas cuántas—, tras un montaje que rehuye la impostura del plan coupe y conecta en negro o al corte los encuadre urgentes del propio Guerín, quien en ocasiones recurrió a dos cámaras para apuntalar la inexperiencia del casting: maestros, alumnos, cónyuges. Y felizmente, a esta Beatriz y sus muchos Dantes, y a este Dante y sus muchas Beatrices porque aquí confluyen todas las alineaciones—, les basta con eso, con hablar, responderse, sembrar dudas, para emboscar al espectador y recordarle que el amor, como el resto de cosas de este mundo, sigue cabiendo en una estantería.

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