«Everybody Wants Some!!» (Richard Linklater): Tiempos muertos

por Carlos Abascal Peiró


maxresdefault

«Everybody Wants Some!!»: Alquimia de sábado noche

Las cafradas de una banda de tíos en vaqueros de rodeo, floridas camisas de manga corta, bermudas antes-de-los-gender-studies; un paisaje humano de bateadores salidos, novatos con bigote, hippies opacos, vegetarianas en bikini y groupies de Whitman. Una película sin guión, una fiesta, una cumbre. Dice Linklater que más de uno le aconsejó cortar esa escena donde el equipo de baseball se lleva a sus novatos a dar una vuelta por el campus mientras entonan el «Rapper’s Delight» de los Sugarhill Band ancestro bastardo del infame aserejé. Es una secuencia crujiente, de volante y playback, de esas que glosan el cine estadounidense desde «American Graffiti» para, a menudo, anunciar un ardid de montaje, una hendidura en el salvaje tempo de «Everybody Wants Some». Cuando la trama no avanza, lo hace la no-trama. Tergiversemos aquel aforismo kafkiano: el sentido de la vida, aviso el checo, es que se acaba. Por eso Linklater no cortó la secuencia, por eso su cine vale la pena, asalta un concepto cada vez más necesario: la durée, la percepción de las horas, los días, las marcas de lápiz en el quicio de la puerta, aquel verano en tu casa de la playa, meriendas en la piscina. Vamos con el adjetivo: bergsoniano.

La última película del padre de la trilogía de los before y los after es, digámoslo todas las veces, una fiesta. Trabaja esa impresión por la cual las cosas que se acaban son tan valiosas como su jugosa contrapartida: echar de menos. O esos guateques en los que una vez se alistó el joven Linklater y que hoy recicla propulsado por una nostalgia de verdad, es posible— sin rastro de sentimentalismo. La fórmula: rodar a partir de la nostalgia y no en torno a la nostalgia. A Linklater, que ya se doctoró en «Dazed and Confused» y lo que vino después, le fascina hurgar en esa herida que produce la gran narrativa: sumir a sus consumidores en una falsa melancolía, lamentarse por un tiempo que no vivieron. Ni de lejos. Si el lector de Nabokov apenas logra resistirse a llorar las decadentes tertulias de la  exiliada Rusia blanca, pagar la entrada de«Everybody Wants Some» implica añorar el rastro plateado de unos ochenta que, por coordenadas y talla pectoral, nunca fueron nuestros. Por eso el cine y la literatura conforman inmensos asilos imaginarios, patrias sentimentales y visados blancos, en todos los sentidos de todos los términos. Esas ventas cervantinas donde uno fondeaba para que le contasen historias.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Anuncios