«Aquarius» (Kleber Mendonça Filho): Vivir la vida

por Carlos Abascal Peiró


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«Aquarius» forma parte de esa ficción que, como la varicela o las comuniones, sirve para contar los días, recordar primeras veces y abrir botellas. Con esto queremos decir que, uno, al cine se va para compartirlo; dos, que habrá niños que sabrán que lo son porque una noche ella y él salieron emocionados de una peli brasileña; y tres, que el segundo largo de Kleber Mendonça Filho se inscribe en esa superdotada categoría de cine que marida osadía formal con una densa, prodigiosa carga semántica. Que habla de mucho sin hacer ruido, que nos empuja a crecer. Y qué difícil es guardar la calma al salir de una sala.

Distribuida en tres capítulos (entusiasmante comprobar que el mejor cine reciente exhibe pautas literarias), «Aquarius» narra la madurez de Clara, rotundo regreso de Sonia Braga a sus 66 años, una reportera musical retirada que, instalada en el actual Recife y pese a las presiones de una constructora, se resiste a abandonar el apartamento que una vez fue familiar. Antes, un prólogo playero localizado en los ochenta, quizá lo menos afortunado del filme: una pareja, una fiesta, críos, un principio, un apartamento. De vuelta a la urgencia del presente, una Clara enviudada, mismas paredes, un afuera distinto: los hijos y los hijos de los hijos vienen y van, un panal de complejos hoteleros sitia el inmueble, los cines cierran y la música vacía los estantes para enclaustrase en la infinita biblioteca de un iphone. A imagen de Assayas en la inteligente «L’heure d’été» (Las horas del verano, 2008), Mendonça Filho y sus personajes son conscientes de cómo, queramos o no, siempre acabamos pertrechándonos en lo que una vez fue nuestro: los lugares, las canciones o las cosas. Clara, que pincha a Maria Bethânia para sentirse viva, eligió las canciones.

A Mendonça Filho, que se bregó en prensa, ejerció de crítico y hoy dirige con el pulso audaz y algo bromista del cinéfilo omnívoro, el scope le sirve para lo que mejor sirve el scope: contar más. Ya se intuía en la imaginativa «O som ao redor» (Sonidos de barrio, 2012), de nuevo una exploración del Brasil de hoy (y ayer) a partir del maremoto inmobiliario en (otra vez) Recife, pero «Aquarius» amplía registros para alumbrar una infrecuente maestría en la composición y la profundidad de campo: ver, es un decir, esa primera aparición de los promotores inmobiliarios narrada desde la hamaca donde siestea Sonia Braga. Una de tantas. Dueño de una inventiva formal muy setentas, el cineasta brasileño revitaliza el zoom como arabesco estilístico y expresivo y lo hace sin aspavientos o, mejor, sin desmerecer el discurso que vehiculan sus imágenes. Digamos que hoy es difícil ir a las películas y tropezar con una que intente tantas cosas sin subrayar cómo.

«Aquarius» es también uno de esos guiones donde los personajes cuentan historias a otros personajes y donde estos, a su vez, escuchan. Relatos dentro del relato que la narración dignifica a través de la encarnación: vemos el qué se cuenta. En el último tercio del filme, la enlutada anciana que asiste a Clara, una Felicité brasileira con un corazón lejos de ser simple (otra película dentro de la película), se dispone a detallar las vilezas de los tipos de la constructora. Apenas asistimos a la enunciación. Enseguida el montaje omite su relato, ni siquiera lo encabalga sobre las imágenes: solo las muestra. En «Aquarius» el cine es gesto y al tiempo discurso.

Y en medio, la bellísima Clara, una mujer contra las influencias y golpeada por el declive de un mundo que, sacudido por un presente nauseabundo, a la vez y en muchos lugares diferentes, fracasa de la misma manera. Aquí el sector inmobiliario es el termómetro elegido para medir la hormigonada retórica de los que quisiendo ser otra cosa se descubrieron capitalistas. La desmemoria frente a la resistencia. Y los malos, que sonríen y asienten con gesto beato, emplean el término business y centrifugan pecados pretexto para la censura doméstica que ha padecido el director en la hiperconservadora higiene de la religión evangélica, boyante hoy en Brasil. Son malos que a duras penas logran serlo, si acaso solo emprendedores: tíos vaciados de moral que frecuentan consistorios, despachos políticos, concesionarios de una sociedad como muchas otras, amputada de sí misma. Lo asume un personaje cuando Clara, burguesía consciente de sí misma, recuerda a aquella sirvienta que desvalijó el ajuar familiar: «Nosotros los explotamos y ellos nos roban». Porque Mendonça Filho narra dos vidas, o una luz: Clara y el Brasil.

Entonces, luz, más luz, la demoledora belleza de Sonia Braga. No sé qué personaje de no sé qué novela de Bellow describía a una de sus esposas como un «acontecimiento erótico». Braga, musa 70s y por tanto memoria de un cine que se hizo postales, conserva una presencia divesca que, lejos de coartar la calidez de la-persona-tras-el-actor, cohabita con una sobrecogedora humanidad. Sólo sus miradas, el sueldo de una estrella, justifican el empleo del encuadre panorámico. Vecina ilustre, bañista de pose feudal y conversadora de regate, Clara se peina como si fuese la última vez y Mendonça Filho busca esa gracia del aquí y el ahora. Es una mirada. El plano sobre el taconeo enfebrecido que, bajo la mesa, sacude los tobillos del grupo de amigas reunido un sábado para compartir recuerdos, mirar a los que bailan. Porque en «Aquarius» Clara baila, pincha música, hace el amor, mira, habla y habla. Y tras el uniforme, la cicatriz del héroe: una silenciosa colonia de termitas o el rastro cóncavo de un cáncer de pecho: la vida después de la muerte, la vida después de todo.

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Una frontera.

 

 

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