«The Lost City of Z» (James Gray): Río arriba

por Carlos Abascal Peiró


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Las otras vidas del explorador

Una partida de caza y después un baile. Hay algo de Visconti, un aire kubrickiano, en el demoledor arranque de The Lost City of Z (2017), seguramente el salto más virtuoso del plusmarquista James Gray, venerado dueño de un cine que se reivindica como un acto de fe. Sus películas giran en torno a la perseverancia, los gajes de la ambición y la fabricación de la propia tragedia. Esta última produce en uno la impresión de acceder a un monumento injustamente desatendido. Es un cine algo en desuso, de gestos caducos, dar cuerda a un reloj o recogerse las faldas de la camisa, de gente que se despide en un andén para luego escribir, y no cualquier cosa sino cartas; también de canoas, locomotoras, embarcaderos y columnas de vapor, de brújulas y sextantes, mapas y fronteras, vergeles, muerte, hogueras. Un cine entregado a una nobleza rara, a una trabajosa humanidad, la elevación de sus personajes y antes, mejor aún, del espectador. Es finalmente una nueva incursión en el género que quizá sin querer alumbró a los demás, el cine de aventuras: Houston, redobles, Lean, gaitas lejanas, un telegrama, caníbales, crines al galope.

Finales del XIX, principios del XX. El torturado Percival Fawcett, notable compendio de virtudes si bien maniatado por la deshonra que un padre poco virtuoso trajo a su apellido, acepta un encargo de la Royal Geographic Society con la sana esperanza de lavar su nombre. Fawcett, soldado sin medallas, quiere una guerra y buscará la suya en la susurrante frontera que anuda Bolivia al Brasil. Se trata de cartografiar un territorio virgen, dicen que vacío. Las misiones, ya se sabe, son la promesa de un relato a la vuelta. Pero hay que regresar de dónde nadie regresa, río arriba. Y uno presiente esa mística que cultiva el cine con el arquetipo del explorador, el cartógrafo (¡amenazante metáfora!), el olvidado gesto de sostener un mapa.

Aquí la voluntad de acotar e inventar el camino colisiona naturalmente con la enfermedad, la bajeza moral o la trayectoria de una flecha, pero sobre todo con esa consciencia que tan mal digirió Europa : no estamos solos. Fawcett, en la ficción y en los faits (en su momento inspiró a Conan Doyle), dio con los restos de una civilización remota y los rostros de otra floreciente. Se improvisó primero arqueólogo, después antropólogo y volvió para contarlo. Dos veces. Intuyó ciudades perdidas, otras sabidurías, la misma humanidad: el Dorado eran los Otros. Así lo advirtió  a su vuelta, ante la cejijunta platea científica del imperio de su majestad: No son salvajes, quizá su Historia sea más antigua que la nuestra, vino a decir después del abucheo. Por supuesto que hubo tercer viaje en busca de Z, una ciudad soñada e invisible y, entre medias, las trincheras de la Gran Guerra ese hallazgo de montaje conectando a los nativos amazónicos con los desahuciados reclutas británicos y la mediática canonización del hombre, indemne, en el panteón de la virilidad british. Y hasta aquí la semilla de la aventura.

Fawcett, como todos los héroes, se desenvuelve mejor fuera que dentro. El guion encuentra un contrapeso en la inteligencia de Nina, esposa y protosufragista (sorprendente Sienna Miller), castigada por la asfixiante imposición del corsé de su época, y cuya sola salvación —y qué bien filmada pasa por la literatura epistolar. Es ella quién desentierra el manuscrito en el que un infeliz portugués del XVII adelanta la existencia de la fantasmal Z y que Fawcett esgrime ante los incrédulos. Y a ella le debemos algunos de los mejores alardes de puesta en escena, fundada en la luz a lo Zsigmond que firma Darius Khondji: los golpes de memoria que asaltan al explorador, la rima entre los travellings rápidos en el hogar perdido y el traquetear del tren, un montaje de reminiscencias, los bellísimos fundidos que libera el poema de Kipling. También ella se adueña de un medido epílogo, o del superdotado plano final (esta vez no es espejo y sí espejismo), una de esas pirotecnias que Gray concede a los forenses de la autoría.

Lo demás es puro Gray. Río arriba, como su cine. Todo. La amistad en su modulación más fordiana (estupendo Robert Pattinson en el rol del fiel y reservado Costin), la transmisión. O más precisamente la filiación. Es uno de los peajes fundamentales de su cine. La irreflenable obsesión de sus héroes por dejar rastro entra en conflicto con su integración en la comunidad y su celda más compacta, la familia. Fawcett, señalado por la inmolación de su padre en una sociedad donde un blasón proyecta sombra, se descubre en padre ausente. Al cabo de diez, quince, veinte meses, en un muelle o en un andén: cada vez le reciben más niños. Los suyos. Niños que pronto, viaje tras viaje, dejan de serlo para reprocharle una excesiva flema que se revela cojera emocional. Gray entrega el último tercio de la película, precedido por un duro ínterin en el matadero de la I Guerra Mundial, a ese vacío filial que recorre su obra, y entrelaza la emocionante reconciliación del primogénito y el padre, del padre consigo mismo y de Fawcett con la memoria del hombre que le transfirió sus errores. El único problema de The Lost City of Z es el de todas las grandes películas, su gran capacidad para generar obviedades. Es un problema sin fondo traumático, porque al final estas serán igualmente ciertas. Lo que Gray trabaja es la muy emersionana gramática de la elevación. Ir al cine para ser mejores.

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Un zapador

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