The Post (Steven Spielberg) : Antes del romanticismo

por Carlos Abascal Peiró


0104_the-post-6.jpgThe Post asume con valentía su vocación de fabricar abrazos. Es una película destinada a poner a todo el mundo de acuerdo y lo es en una época que banaliza los consensos, reduciéndolos a un simple (demasiado simple) pretexto para la pereza intelectual y el fariseísmo militante. Spielberg solventa el trance sin hacer ruido. Siempre ha sido un director superdotado de cine superdotado ahí va otro consenso—, pese a lo más o menos que nos guste, a la antipatía que despiertan los que son buenos haciendo muchas cosas. Aquí se ocupa de los papeles del Pentágono, las revelaciones de Daniel Ellberg y el primer match ball del Washington Post antes de Woodward y Bernstein, de Robert Redford y Dustin Hoffman, de Pakula y el asalto al complejo de oficinas Watergate. Naturalmente, The Post alimenta el catecismo sentimental de la prensa, defiende lo sumamente defendible y, he aquí un motivo para estas líneas, se consagra a lo obvio con una sinceridad rara, seductora por emocionante y no al revés.

De tiempo en tiempo, hace falta una prosa sin matices y Spielberg es un fabulador admirable de esta escuela: la saludable (y perversa) naïveté con la que los estadounidenses levantaron un imperio. The Post encierra un alegato de responsabilidad colectiva, una llamada a la acción, a la transparencia; y ello recupera ese profundo sentido de la praxis que animaba los personajes de Ford y luego Hawks. Volvamos, por ejemplo, a esa escena en la que el abnegado editor del Post, Ben Bradlee (Tom Hanks), le dice a su mujer (la infravalorada Sarah Paulson) que no, que no puede quedarse a cenar por mucho que acabe de llegar y que venga todo Cristo, que tiene cosas que hacer y que ella (como así sucede) sabrá entenderlo. A sabiendas, Hanks se sitúa a la sombra de James Stewart y Henry Fonda, de John Wayne. Por eso, y hasta en tres ocasiones a lo largo del relato, Hanks pliega una rodilla y examina la prensa del día con un pie en alto, sobre una silla que hace de estribo, un gesto que nadie había dignificado tanto desde el candoroso Wayne que inventaron los westerns de Hawks. En The Post se cita a Jefferson y se evoca el Camelot presidencial mientras Bradlee, icono del santoral periodístico, examina la fotografía de JFK con un sentido escozor histórico: el golden boy también tuvo la culpa. Alguien encomendó a Hollywood a las quimeras, un encargo peligroso y tan Spielberg. Porque hay que decirlo: The Post, a imagen de la obra de su autor, flirtea a veces con la patraña, con la impostura. Pero siempre sale a flote. Lo hace con el equipaje ideológico del presente, el consabido relato feminista, el arranque mitificador, la batería orquestal y la habitual lírica (aquí estupenda) de John Williams. Y lo hace bien.

Todo comienza en Vietnam, 1971, claro. La jungla, el Mekong, los Marlboro adheridos al casco. Es un prólogo, tres, cuatro minutos. El resto de la peli atraviesa redacciones nicotinizadas, despachos, salones familiares y vestíbulos, pasillos y cabinas telefónicas. The Post trata ese paisaje como si fuese el Vietnam. Uno distingue varios pasajes de cámara al hombro, dollys que aceleran hacia los personajes para a su vez empujar al relato, un par de steadys de antología y un eficaz empleo del gran angular, a menudo en picado, para escudriñar los resquicios de cada conversación y recordar al espectador que eso de abajo es la Historia. En una secuencia crucial Spielberg ha levantado su carrera sobre el concepto de crucial, la propietaria de la cabecera, Kay Graham (Streep), sumida en una tensa conferencia telefónica con varios gurús financieros, se apresta a tomar la Decisión y publicar así el famoso dossier Ellsberg. Streep suspira, duda en silencio antes de lanzar el Sí mientras la cámara se eleva sobre sí misma y la incrusta en su escritorio de caoba. La idea funciona. No está de más recordarlo: SP es una escuela de cine.

La suya es una carrera instalada sobre un equilibrio fundamental, o el gran misterio de hacer películas: el diálogo entre las ideas y las emociones. El peor Spielberg aparece cuando las segundas se imponen a las primeras. The Post sabe situarse en algún lugar a mitad de camino gracias a la sabia ingeniería de su puesta en escena, y ese tan estadounidense sentido de la Historia y sus Personajes. Esta es una película de aventuras. No hay Grial ni tiburón sanguinario y tampoco marcianos, pero el autor de Encuentros en la tercera fase filma las conversaciones como si fueran emboscadas. Al contrario que a Nixon, a quién sólo se nos muestra en la distancia, a través del ominoso ventanal del despacho oval, una figura escurridiza, encogida, un flexo a medianoche y un teléfono, metáforas de un poder mezquino cuyos modales remiten al actual inquilino del mismo lugar.

Frente a ese presente, el trumpismo y su guerra de prefijos con la Verdad una borrasca que sobrevuela la película por timing e intenciones, la peripecia spielberguiana se reivindica como una lección de Optimismo que tal vez soliviante a algunos por utopista o endulzada. Resta formular una pregunta que quizá debamos rebotar a los incrédulos que vendrán: ¿en qué momento el romanticismo se convirtió en romanticismo?

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